El fantasma de la Guarnición
Desde hace décadas, una extraña aparición asola una base militar
Durante 1979, me tocó cumplir mi pe-ríodo de servicio militar obligatorio en el ejército Argentino, siendo destinado a la Guarnición Mili-tar Sarmiento, provincia de Chubut. Esta guarni-ción –a la fecha de los sucesos, la más importante del sur argentino- se encuentra ubicada a ocho ki-lómetros del pueblo homónimo, colonia Sarmien-to, y a casi doscientos kilómetros de la ciudad de Comodoro Rivadavia. Para una mejor ilustración, diremos que está ubicada en un punto situado en el centro de la meseta patagónica y prácticamente sobre la frontera con la provincia de Santa Cruz, en pleno desierto.
Es una región asaz extraña, casi lunar. Flanqueando la guarnición se encuentran dos la-gos, sumamente extensos, conocidos uno como Colhué Huapí y otro como lago Musters, en honor al decimonónico explorador inglés de la Patago-nia. Este segundo es el menor, pero el más insóli-to. Se desconoce su profundidad ya que los son-deos realizados no lograron uniformar las presun-ciones sobre el fondo real, e inclusive científicos japoneses que estuvieron trabajando allí afirman que está subterráneamente conectado con el mar, pues el reflujo de las aguas coincide con las plea-mares y bajamares en la costa.
Tal vez ésta sea la explicación para los fantásticos y mortales remolinos que sorpresiva-mente se forman en su superficie, habitualmente tranquila, y que ya ha engullido muchos botes con sus tripulantes para sólo devolverlos a la superfi-cie en contadas ocasiones.
Desde sus orillas, he presenciado el tremendo espectáculo de que en un día soleado, sin viento alguno, con un espejo de agua liso fren-te a mí tuviera, junto con mis acompañantes, que apartarme rápidamente de sus orillas cortadas a pico ante la violencia intempestiva con que el agua comienza a agitarse, como en un furioso temporal, para regresar, tiempo después, a la cal-ma chicha del comienzo, sin explicaciones apa-rentes. Es habitual observar objetos voladores no identificados evolucionando en sus cielos, y re-cuerdo el testimonio de suboficiales y soldados de la clase anterior a la mía, allí presentes, durante unas maniobras militares efectuadas en noviembre de 1978 en las inmediaciones del Musters. Cierta noche, estando varios de ellos de guardia, obser-varon una formación de extraños objetos lumino-sos en “V” cruzar el cielo prácticamente por el ce-nit. Permanecieron contemplando el espectáculo, especulando sobre la posibilidad que se tratara de meteoritos, cuando, inesperadamente, “algo” co-menzó a ocurrir en el lago o, mejor dicho, dentro de él. Tres gigantescas luces comenzaron a pulsar, como si tres reflectores dispuestos en triángulo en su fondo estuvieran enviando algún tipo de seña-les a los objetos que los sobrevolaron momentos antes. “No eran luces reflejadas –me comentaron posteriormente- ya que eran demasiado definidas, potentes y surgían desde una profundidad impre-cisa”. A estar siempre de sus manifestaciones, este fenómeno se repitió varias veces en las noches si-guientes.
Los sucesos en particular que ahora nos ocupan comenzaron allá por 1954, cuando ocurrió un hecho luctuoso en su periferia. Cierto conscrip-to destinado al lugar había comenzado a flirtear con una jovencita del pueblo. Por la escasez de dí-as francos sus encuentros debieron ser absoluta-mente furtivos, para lo cual debieron agudizar el ingenio con el fin de generar las situaciones de encuentro.
El 8 de agosto de ese año, por la noche, al conscripto de referencia le correspondía tomar guardia. Ciertas averiguaciones previas le permi-tieron saber que había sido destinado a lo que aún hoy se conoce como 2puesto del cementerio”, una casilla que es llamada así por estar situada en el acceso al camino que conduce al cementerio local, común a la colonia y a la guarnición. Incluso des-de aquél es posible observar lápidas y cruces de éste, apenas delimitado con un sencillo alambra-do. Este camino se prolonga hasta el pueblo, pero por lo general –especialmente en horas de la no-che y considerando el lugar por donde pasa- no es transitado en absoluto. Era ideal, entonces, para una cita a solas. El muchacho se las arregló para hacer saber a su chica del horario que cumpliría –las guardias son de dos horas, siendo muy difícil que alguien se aparezca en el ínterin, y el propio puesto está protegido por una hilera de árboles, a salvo de miradas indiscretas- y quedaron entonces de acuerdo en encontrarse en ese punto.
Esa noche, sin embargo, ocurrió algo con lo que ellos no habían contado; a última hora se dispuso una nueva distribución de guardias, y el conscripto en cuestión fue destinado a otro pun-to, sin tiempo de advertir a su reemplazante de la visita que tendría en la noche.
A la hora acordada, la joven bajó ca-minando por el sendero en dirección al puesto, lentamente, casi a tientas, ya que la noche era es-pecialmente oscura. El soldado, ya de por sí ner-vioso –como declaró en las investigaciones poste-riores- por el macabro lugar en que le tocaba hacer guardia, se asustó al escuchar los pasos y el ruido de piedras crujientes. Gritó el “¡Alto, quién vive!” de rigor, al cual la muchacha no respondió, quizás creyendo que era una broma de su novio, y siguió avanzando en silencio.
Según los reglamentos, el centinela de-be repetir tres veces la voz de alto. Pero la tensión psicológica a la que este guardia estaba sometido era excesiva. Casi compulsivamente, disparó.
Y cuenta entonces la leyenda que todos los nuevos aniversarios de la muerte de la chica, su fantasma regresa al lugar clamando por su amor perdido.
Esa historia nos había sido contada a la mayoría de los soldados por campesinos del lugar, viejos suboficiales y soldados de clases anteriores. Según ellos, el “fantasma” no aparecía exacta-mente todos los años, pero las veces que sí lo había hecho solía ocurrir en la fecha indicada.
El 8 de agosto de 1979, nuestra com-pañía tomó a su cargo la guardia de la guarnición. En la fría y ventosa tarde, la leyenda había sido repetida y murmurada de oído en oído una vez más. Y, como si no bastara, al anochecer la luna llena asomaba sobre los árboles...
Alrededor de las once de la noche me encontraba escribiendo unas cartas personales en la oficina a mi cargo, en el área de operaciones de la compañía.. Esa fue la razón que hizo que fuera el único no implicado directo que apreció en su verdadera intensidad la naturaleza y procedencia de la ráfaga de disparos que quebró el silencio de la noche. Los reconocí inmediatamente –seis o siete disparos de FAL- provenientes de algún puesto situado al otro lado de la guarnición, cami-no al pueblo. Salí corriendo, por instinto quitando el seguro de mi pistola 11.25. Aún flotaba en las mentes el estúpido amague de conflicto con la hermana República de Chile el año anterior y asimismo los últimos ramalazos de la actividad guerrillera no eran desconocidos en el sur del país.
Realmente me tropecé con el centinela que estaba de imaginaria en uno de los oscuros corredores. Casi sin aliento, llegamos juntos a las habitaciones de los suboficiales en el momento en que estos salían a medio vestir, y fue entonces cuando una nueva tanda de disparos se hizo escu-char nuevamente, pero ahora bastante más cerca.
En tropel, entramos en la cuadra, y allá el zafa-rrancho era total. Imaginen ustedes doscientas personas, distribuídas en hileras de camas de tres niveles, tratando de bajar de ellas, retirar su ropa y equipo de combate de los cofres, vestirse y correr al cuarto de municiones y armas, todo eso en el mayor silencio posible y en completa oscuridad, ya que si la guarnición estaba siendo atacada (que es lo que todos pensamos en un primer momento) nadaq nos expondría tanto a ser blanco como en-cender las hileras de luces fluorescentes. Dos dis-paros levemente aislados se escucharon nueva-mente, pero esta vez en un punto muy próximo a los dormitorios, algo así como a unos cincuenta metros de nosotros. Seis soldados y un sargento primero salimos corriendo por una puerta lateral, corrimos hacia ese punto, llegamos en grupo... y en grupo nos tiramos al suelo cubierto de nieve, cuando en la penumbra divisamos la figura del centinela que, asustado, giraba de un salto y levan-taba su fusil en nuestra dirección.
Rápidamente se reunió a los tres auto-res de los disparos y se les confinó en cuartos ais-lados, incomunicados, mientras un nuevo grupo de hombres tomaba la posición de éstos. Sabía-mos que le habían disparado a alguien o a algo, pero la rígida censura de los superiores nos impi-dió, en primera instancia, conocer los pormenores.
Debo la oportunidad de haber accedido a los confidenciales informes militares a las tareas oficiosas que hacía yo por entonces. Los hechos se desarrollaron de esta manera: Exactamente a la hora 22:25, el soldado que ocupaba el “puesto del cementerio” (recuerden ustedes que fue el epicen-tro de los sucesos mencionados anteriormente), observó –o creyó observar- una “forma nubosa blanca” que proveniente del cementerio parecía desplazarse en su dirección. Dio la voz de alto las tres veces reglamentarias, pero como la “cosa” no dio señales de alterar su rumbo, disparó. En reali-dad, tendría que haber hecho un solo disparo, pero en el nerviosismo del momento olvidó llevar la traba de “seguro” a “automático” (en lugar de “semiautomático”) y de allí las ráfagas.
El soldado número dos (respetamos el anonimato sobre sus nombres) estaba situado a unos doscientos metros del primero, y al escuchar las lejanas voces de alto de su compañero se aprestó a disparar.
A esa distancia no vio absolutamente nada, pero pocos minutos después escuchó sacu-dirse unos pajonales próximos a él, de donde sur-gió una forma que, munido de mayor tranquilidad, pudo observar en detalle. Su descripción sería, a partir de ese momento, ilustrativa de las que se re-petirían en las noches siguientes: “Imaginá -me comentaba al día siguiente, en la cantina de solda-dos- un cono levemente truncado en la parte supe-rior, de alrededor de un metro y medio de altura y de unos setenta centímetros de ancho en la base, flotando a unos treinta centímetros del piso. Tenía volumen, era de un color lechoso y no parecía emitir luz propia sino más bien reflejarla, aunque no imagino de dónde. Se desplazaba bastante rá-pidamente, algo así como un hombre corriendo, y todo el conjunto parecía... vibrar o fluctuar, como si se lo mirara a través de una capa de aire calien-te”. La aparición era demasiado clara –y sobreco-gedora- para andarse con chiquitas: este centinela no dio la voz de alto y, simplemente, tiró a matar. Pero el ente no pareció darse por aludido y conti-nuó su ronda a la guarnición (empero, no fue ob-servado por los soldados del así llamado “puesto Roca”, el principal asiento de la guardia, acceso a la guarnición y que invariablemente se encontraba en su trayecto) hasta desaparecer poco después de ser divisado –y puntillosamente tiroteado- por el tercer conscripto.
La opinión de los miliatares profesio-nales era que el primer soldado había sido víctima de una confusión (a este respecto se trajo a cola-ción la cuestión de la “leyenda”) y la inexperien-cia y el miedo de los otros hizo el resto.
Pero esa nueva noche –entrando de guardia gente del batallón de artillería- todo reco-menzó. Esta vez, los disparos se iniciaron a las tres de la mañana, y recuerdo pocos despertares tan violentos. Otra vez a cambiarnos, armarnos, correr por municiones, esperar órdenes... y ser mandados nuevamente a dormir.
Todo continuó por seis noches más. Pero los jefes comenzaban a ponerse nerviosos. Se montaron guardias de dos hombres en algunos puntos mientras que en otros, estratégicamente distribuidos, se colocaron soldados solos con ejemplares magníficos de perros ovejeros alema-nes a cargo de nuestra compañía. Me cupo la res-ponsabilidad de haber sido quien sugiriera, al ma-yor a cargo de la misma, esta última variante. En efecto, por mis superiores era conocida mi dedi-cación a las investigaciones paranormales, y como el asunto parecía escapar a lo que enseñaban sus reglamentos habituales, se me consultó. Supuse que, si en realidad se trataba de un mecanismo alucinatorio de naturaleza colectiva –como opina-ban ciertos hombres de armas metidos a psicólo-gos- dos hombres no estaban más protegidos de alucinaciones que uno, y en realidad era más sen-cillo que se asustaran mutuamente. Un perro care-ce de esta predisposición neurótica, por lo cual sus reacciones y comportamiento serían más dignos de fiar. Digo esto de “más dignos de fiar” porque si bien todas las noches, a estar de las declaracio-nes, aparecía el ente, también es cierto que el mie-do (o la ansiedad de ver algo) hacía que los solda-dos dispararan a casi cualquier cosa: tres “avutar-das” (gran ave de color blanco y hábitos noctur-nos), una oveja y una vaca pagaron con sus vidas esta verdadera cacería de fantasmas.
Pero no eran únicamente soldados in-expertos quienes lo observaban. Varios oficiales y suboficiales también lo hicieron, al punto de ser ellos quienes motivaron a los ya levantiscos cons-criptos a “tirar primero y preguntar después”. Al-gunos episodios fueron antológicos. Como aque-lla noche en que una de las patrullas –se recorría el perímetro de la base en un camión Unimog con ttres hombres y un cuarto montado con una MAG (ametralladora pesada) en el techo de la cabina- observó en un camino secundario al ente que se desplazaba parsimoniosamente. Se lanzaron en su persecución disparando, pero aquél arrancó con suficiente velocidad como para dejar atrás al Unimog –que no puede superar los ochenta kiló-metros por hora- y se desvió hacia unos matorra-les que costean al lago Colgué huapí, desapare-ciendo de la vista.
Otra noche, este mismo camión, pero con tripulación distinta, se acercaba lentamente al puesto Roca, en un ángulo que no le permitía ser visto por los hombres que estaban de guardia fren-te a él mientras en su interior el relevo dormía, cuando sorpresivamente el ente se materializó frente al puesto, desplazándose muyh próximo a una de sus paredes. El conductor del camión en-cendió todas las luces y avanzó hacia él mientras el operador de la ametralladora comenzaba a dis-parar. Los hombres que estaban en su interior durmiendo creyeron estar siendo víctimas de un atentado (los guardias se habían arrojado a la se-guridad de un zanjón) hasta que tomaron sus ar-mas y asomados a una ventana, tirotearon las lu-ces que se aproximaban. Fueron necesarios fuer-tes gritos de ambos bandos para detener lo que pudo ser una carnicerfía, pues fueron una veintena los balazos intercambiados. El frente del camión quedó en estado lamentable, y en la confusión la “cosa” se alejó tranquilamente.
Una de esas noches –la tercera a partir del comienzo de los incidentes- uno de los subofi-ciales ordenó a un centinela que me buscara para encontrarle en la plaza de armas. Era alrededor de medianoche, y este suboficial tenía interés en comprobar personalmente qué había de cierto en la historia. Sospecho que si me convocó fue por-que buscaba cierta protección psicológica en mis conocimientos y experiencias previas, pero esto me venía de parabienes de todas formas, ya que no había logrado hasta entonces ser incluido vo-luntariamente en ninguna de las rondas de guar-dia.
Es así que allí estaba yo, con una tem-peratura bajísima calándome hasta los huesos (por esas épocas llegamos a tener sensaciones térmicas de hasta veinte grados bajo cero) recorriendo los puestos a la búsqueda de novedades. Al llegar al del cementerio, encontramos al soldado que allí había sido destinado junto con un soberbio oveje-ro alemán. Tomamos al animal y ambos, el sub-oficial y yo, nos dirigimos a paso lento directa-mente al camposanto. Traspusimos el alambrado y deambulamos durante largo rato entre las anti-guas tumbas.
En determinado momento, nos senta-mos a descansar sobre una lápida caída, junto a una tumba removida muchos años ha. Lado a la-do, el militar y yo intercambiamos algunas pala-bras en voz baja, mientras frente nuestro, mirando hacia nosotros, se había echado, somnoliento, el perro.
Sorpresivamente, con un leve pero pro-longado lamento, el animal irguió la cabeza y le-vantó las orejas, mirando fijamente hacia atrás nuestro, hacia algo que estaba detrás de nosotros.
El mismo pensamiento debe haber cru-zado al unísono nuestras mentes porque, extra-yendo rápidamente las pistolas de sus fundas, gi-ramos ambos, buscando hacer puntería. Movi-miento en realidad más que inútil, puesto que ya estaba visto que nada podían hacer las balas a lo que íbamos a enfrentar. No me molesta decirlo: tuve miedo, mucho miedo. Recuerdo que en ese segundo, una frase retumbó en mi cerebro: “que no esté allí”. Tiempo después, el suboficial me comentó que instintivamente rogó que todo fuese una falsa alarma, que nada hubiera tras nosotros; una idea muy similar a la que habitó en mí en esos instantes.
Y desde esa posición, echados cuerpo a tierra, allá, a unos veinte metros, aún dentro del perímetro del cementerio, flotó por un segundo una niebla luminosa de contornos imprecisos y algo así como un metro de diámetro que tan sor-presivamente como apareció, se desvaneció. Hecho esto, el perro volvió a tranquilizarswe y nosotros a intercambiar los más desconcertantes comentarios.
Muchas veces me he preguntado: ¿Qué hubiera ocurrido si en el momento de darme vuel-ta, en vez de resistirme a la aparición la hubiera deseado desde el fondo de mi temor, pero no con el sano temor de la autoconservación, sino con el pánico cercano a lo cerval con que sé que muchos soldados la habían esperado?.
Y asimismo me respondo: con toda se-guridad, yo hubiera sido uno más de los múltiples testigos de esa semana alucinante.
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